Desde el puente

Es alta, tetona y camina rarísimo. Los remiseros la miran y les crece una sonrisa que se extiende hacia los costados señalando las gruesas patillas (con o sin tintura). El heladero la mira de refilón, dicen que dicen que tuvo una historia con ella. Es la reina del Cruce. ¿No conocés a la reina del Cruce? Siempre llega tarde, crea expectativa. Yo la vi pasar una vez o dos: nada del otro mundo. Los negocios de ropa barata se esconden en galerías donde las parejitas hacen tiempo antes de ir al telo. No sé cómo hace pero una piba con el pelo atado se asoma siempre por la misma vereda, con el bolso bailando a un costado contento como el pibe que la saluda. Los camiones que pasan por acá abajo son rojos, amarillos o verdes, y avanzan más o menos rápido uno tras otro. A un costado, sin importarle nada de lo que estoy contando, hay una chica sentada con las piernas cruzadas y quietas debajo de un techito que tiene un número pintado. Ella tiene unos anteojos que se iluminan con el reflejo de una bola de luces de color que sale disparado desde alguno de esos locales especializados en la producción made in china. Sobre sus manos se extienden rollos de negativos colgados que se alargan suspendidos hasta cerca del piso dirigiendo nuestra mirada hacia abajo. Las converse desatadas esperando un colectivo y después el subte.

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