Canciones para los días de la vida

En algún momento, más temprano que tarde, iba a haber que hablar de él, este tipo largo como un junco, este músico prodigioso y moderadamente secreto: Juan Ravioli. Hasta antes de ayer las noticias de su existencia llegaban de manera prácticamente cifrada: la página en internet de un grupo fantasma (París 1980), alguna que otra canción en forma de demo o de ep bajable, apariciones públicas aquí y allá, no en todas partes pero sí con la gente que importa (Flopa y Ariel Minimal, más que nada). Aparte de eso, nada. Misterio y más misterio. La promesa eterna de un disco que demoraba ya demasiado tiempo, aderezada con las consiguientes dosis de frustración y desaliento. Hasta que, por fin, hace un par de años, se terminaba la espera y aparecía el disco: Álbum para la juventud. vol. 1. Título (también) promisorio, luminoso en cierto modo. Juan P. Ravioli cumple y dignifica. Los nombres que vienen primero a la mente a la luz de la música del disco pueden decirse, todos son ilustres en el arte de las grandes canciones. Nick Drake, algún  Spinetta, el Litto Nebbia sobre todo de Muerte en la catedral. Pero no deja de ser una comodidad esa referencia un tanto automática, una demostración de pereza. La verdad es que se escucha este disco extraordinario y pasan cosas. Uno se pregunta, ¿es posible un disco de canciones así? ¿Tan alejado de todo lo que  hoy se lleva, tan alevosamente distinto?

El siguiente disco, del año pasado, convenientemente llamado Álbum para la juventud, Volumen 2 trae la novedad de un tono bluseado y un sonido quizá más compacto: el trabajo de una banda respirando en estudio, hamacándose al compás de las horas y el calor compartidos, con un mayor sentido orgánico, de materia que se moldea en el momento. El rock argentino más venerable tiene su palabra aquí, otra vez, pero ahora con una autoridad incluso mayor. Despejando toda duda al respecto, el círculo de su música cobija el pasado y el presente de un solo golpe: Carlos Cutaia y Minimal en una misma canción. En otra, Manza (Mariano Esaín, de Valle de muñecas) nos inclina de forma definitiva hacia un presente con gusto a eternidad. Es que el mejor rock siempre fue arbóreo, inclusivo aunque no oportunista: no se trata de amontonar nombres de modo espurio sino de encontrar el filo de afinidades secretas, de formar familias que acaso ya existían sin que sus integrantes lo supieran.

Para los que lo habíamos visto tocando en un formato si se quiere más austero, Ravioli sorprende en sus discos despachando con igual solvencia cuerdas, caños, extraños sonidos salidos de quién sabe dónde. Porque en verdad el tipo parece encontrarse cómodo en casi cualquier situación: es decir, una guitarra acústica podría bastarle pero no. De sideman de Flopa cuando la ocasión lo requiere (bajista en algunas de las formaciones de la chica, pero también tecladista, segunda o tercera guitarra si es necesario, lo que sea) a esta dirección de orquesta, a esta verdadera nave del espacio (exterior), Ravioli hace el viaje ida y vuelta y le sobra siempre el aire.

Aunque de ningún modo podría llamárselo un artista alegre (por suerte, porque de ésos sobran), Ravioli también está lejos del marketing de la melancolía, toda una tentación que contribuyen a crear en conjunto algunos músicos y algunos críticos que los siguen. Estas canciones, más bien, lo que hacen es bordar una zona de inefabilidad, una especie de calma trémula forjada en la tensión de la introspección y el estallido: canciones lentas, a veces puntuadas por breves irrupciones, por parpadeos, por intromisiones; canciones de rock espacial (¿Que conforman qué?, ¿una psicodelia porteña? Puede ser), que se van ensanchando a veces hasta alcanzar el pico de un ruido intenso, una bella disonancia que parece tomada de la llamada música contemporánea. En suma, música que busca ampliarse, tocar sus límites por un momento y luego retraerse, volverse sobre sí misma con gentileza zen, como quien acerca la yema del dedo a la llama y sabe retirarlo a tiempo.

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