Canciones para un mundo que ya no existe

Por Jorge Garibotti

Un terremoto del cerebro, un maremoto en los tendones y los nervios hicieron que el eje de la tierra se corriera. Se extinguieron los dinosaurios y sus restos se transformaron en el petróleo que comenzó a correr por mis venas. Las amebas y los seres invertebrados crecieron en el lodo de mis tripas, era la ley de la evolución que se estaba cumpliendo, ahí estaba yo, a destiempo, como tantas veces, con mi gran mandíbula inferior sobresaliente. Tendría 15 o 16 años, la misma edad en que Morgan se hizo por primera vez a la mar, cuando salí a buscar un mundo que ya no existía, y que quizás, nunca había existido.

Puedo creer que estaba atrás del cristal
y esta piel al cruzar solo se marcó
y el vuelo del sol mirador
por la perla del mar
ya
cesó de jugar y viene

Manal y Pescado Rabioso me hicieron creer en la redondez de la tierra y que navegando hacia el oeste llegaría a Oriente, para encontrarme con Circe, Calipso, Caribdis, Escila, los cíclopes y otras especies en vías de extinción.

Hombre de las cumbres
la casa del poder está temblando
una pequeña llama descarna mi pecho
son mis ansias de cumbres de luz

No estoy hablando del año 73 o 74, esto ocurría en el 84 o 85, luego del retorno de la democracia, una época de mucha euforia y ruido, las calles del centro estaban siempre llenas, había música en las plazas y discusiones en las esquinas. Después de alguno de esos recitales en las barrancas de Belgrano me quedé con un grupo de hippies que se pasaban la noche, ahí, tomando vino y cantando canciones. Canciones para un mundo que ya no existía. Canciones para un mundo que, quizás, nunca había existido

Lam, sol, fa, mi
Lam, sol, fa, mi
De nada sirve
escaparse de uno mismo
de qué les sirven las heladeras y artefactos, televisores
si están podridos y aburridos

No conocía a nadie y sin embargo era bien recibido, sus ideas anacrónicas y sus palabras me gustaban. Por primera vez quería ser parte de algo. Era una comunidad agradable, y lo único que pedía a cambio, era un par de pesos para el vino. De vez en cuando algunos de los borrachos se iban a las manos, los separaban diciendo paz, loco, paz, se volvía a armar la ronda, pasaban la guitarra, y otra vez
Sol, Re, Mim, Si 7º
Do, Sol, Fa, Re
Y rasguña las piedras
y rasguña las piedras
y rasguña las piedras
haaAAaAaaaAAaasta mííí

Sentado sobre el césped de la plaza me sentía como Dennis Hopper arriba de su moto. Me había enrolado en un ejército diezmado, formado por mutilados que pedían revancha a pesar de saber que otra vez iban a ser derrotados.
Me sentía libre.
Sin morir, sin vivir, sin comer ni respirar, viviendo del humo, en el aire, en el fuego. Sin pertenencias, sin ropas, sin padre, sin madre, tenía que romper todos los lazos para volverlos a unir, sin tíos mala onda ni abuelos rompe pelotas. El mundo había sido creado en 7 días, debía ser destruido en una noche y recreado antes del amanecer.
Me sentía libre.
Sin lazos, sin vida, sin muerte. Eramos grandes y pequeños, gigantescas hormigas holgazanas, sin cielo ni infierno, sin Dios ni confesores, sin pecados, sin virtudes. Lo necesario debía ser tomado, como Adán tomó la manzana.
Me sentía libre.
Libre.
Como lo era el hombre de Nehardenthal, y con una facha parecida a la de ellos.
Me sentía libre.
Me sentía libre.
Libre.
Para atravesar el fuego, para morir, para nacer. Sim, Sol, Re, La. Hice un genocidio sin sangre, simplemente olvidando todo lo que no me gustaba, un suicidio en masa, dejando de existir para los que no me querían.
Era libre.
Para correr .
Libre.
Para correr y no llegar nunca.
Debía destruir todo lo construido hasta ese momento, sin dejar piedra sobre piedra y volver a construir sobre las ruinas.
Buscando la estrella. Inocentemente.
Creía en la magia pero no en el prestidigitador.
Cerca de un cielo poblado de ángeles disfrazados de cirujas y borrachos.
Y una simple pregunta, con una respuesta innecesaria.
Éramos los centinelas del leprosario y los guardianes de la llama. Los secretos de las inscripciones sumerias estaban siendo estudiadas por un arqueólogo falso de José León Suarez que apenas tenía tercer grado y todos los dientes podridos, y que entre escupidas, repetía frases célebres que nunca van a ser escritas ni recordadas, un compendio de todo lo poco profundo que entre esa gente se podía decir.

Angeles disfrazados de cirujas y borrachos. Angeles cirujas y borrachos. Mierda vestida de ciruja y borracho. Cirujas y borrachos de mierda.
Gritando y a las risotadas toda la noche.
Creíamos en las viejas leyendas del Rock and Roll y sus fracasos nos parecían victorias. Estábamos en el ojo del tornado llevándonos por delante al mundo con prepotencia, pero nos ocurría lo peor que le puede pasar a un patotero: pasábamos desapercibidos.
Galardonados por la noche, huíamos al amanecer.
Viajando colados en el tren.
Violamos dos o tres leyes no muy duramente penadas. Traspasamos el humo. Y aprendimos a mirar a través de él.

Descálzate en el aire
para ir
Decía el flaco Spinetta
y así lo hicimos

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