Viaje al fin de la noche

Texto publicado originalmente el 22 de febrero.
Con unos destellos secos, graves y cortantes seguidos de una percusión que acelera sistemática y errante, igual al sonido de la marcha de un tren: así arranca The King of Limbs. Una máquina se agita de un lado al otro condensando su movimiento dentro de una pista sin rieles, círculos metódicos que a la segunda vuelta desembocan en el canto de Thom Yorke. Si te conoceré, Thom Yorke: ya sé que la rompés cantando, que contorsionás la voz y seducís siempre estirando ese falsete dulce, todo el tiempo recordándonos que esa voz sos vos. Y ahora también le sumás unos aullidos que se mezclan mimetizándose como uno más entre todos esos sonidos de penumbras, bien nocturnos. Todo oscuro, siempre oscuro como a vos te gusta. De fondo se escucha algo en movimiento: una fábrica virtual de hacer canciones que funciona engranando melodías, las corta, las pega, copia y vuelve a pegar, y así sigue hasta poder admirar satisfecha a cada nuevo frankenstein y besarlo en la frente.

Track 3, Little by Little: llama la atención, hasta parece una canción y todo. Tiene una estructura más clásica, los experimentos de Radiohead saben un rato largo de fórmulas y ésta, la de la canción, la sacaron hace rato. Se nota que ahora la preparan de taquito, sin despeinarse y quizás por eso este tema aburra un poco, porque ellos parecen aburridos: un sitar cansino que se desplaza sobre una base rítmica plana, sin relieves que nos alteren el camino, la percepción, ni nada. Sin alarmas y sin sorpresas. Buh. Con Feral vuelve el pulso epiléptico en una guerra entre sonidos-hologramas que revolotean deformes como suspendidos en una nube de humo. Después viene Lotus Flower, sí la del video de Thom y sus pasitos de androide ninja, que parece sintetizar la pregunta que nos hace la música de Radiohead: ¿Qué carajo es una banda de rock? La sagrada guitarra eléctrica llora recordando épocas de mayor protagonismo, todo lo que escuchamos son abstracciones de sonidos, un bajo que repta duro como una serpiente llena de merca, y unas palmas que suenan más que marcando el ritmo, como celebrando esta inmensa tomada de pelo en forma de hit ¡Clap, clap! Seguir leyendo

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En la sed mortal

Por Paola Simeoni

Cuesta poner en palabras qué es lo bueno que tiene Nacho Vegas. Para ser precisa y, lo admito, también para no pensar demasiado, debería copiarles una lista de temas para que la bajen y escuchen sus canciones atentamente y en silencio. Porque a Vegas no le pidan estribillos pegadizos (a veces se le escapa uno que otro, pero es más una concesión que una regla), ni ritmos para mover la patita, lo suyo es más bien música en función de las palabras y de la historia o escena que está descripta en la canción. Pero no es muy elegante de mi parte largarlos así como así, posibles lectores, con una lista de tarea para el hogar y todavía encima, con requisitos para la escucha. Por eso voy inventar unas excusas que, espero, resulten más o menos convincentes para enfrentar la empresa de conocer al músico asturiano.

Creo que lo que más me gusta de Nacho Vegas es que se inventó un personaje (muy parecido a él, hasta a veces usa su nombre) y que ese personaje habita todas sus canciones. Su discografía desde el primer disco, Actos inexplicables hasta el último de este año, La zona sucia, es la biografía de  su Antoine Doinel heroinómano, quien en sus principios no atinaba más que a mirar una mancha de humedad en el techo y que ahora, más maduro, intenta conciliar sus vicios y desidia con la (im)posibilidad de un romance más o menos adulto. Seguir leyendo

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Soy Rock

Tiene carita de nene, peinado de nena, se mueve como un macho y posa como una diva ¿Quién es? Aldous Snow es único: una bestia felina que se camufla plácida sobre la irresistible pureza del blanco nieve. Aunque únicamente podamos verlo en dvd o en Cuevana (ni Forgotting Sarah Marshall, ni Get Him to the Greek se estrenaron por acá) su imagen es siempre enorme. Roto, ebrio o perdido, Aldous es un titán que la rockea sin parar y ni hablar cuando le toca estar al frente de Infant Sorrow, una banda de fantasía hecha para un tipo lleno de fantasía; un inglés encantador que enciende y vuelve fuego todo lo que toca. Es que es así, hay que decirlo de una vez: si no existiera, a Aldous Snow habría que inventarlo.

La banda de sonido de Get Him to the Greek es tan buena o quizás mejor que la película, y eso es decir mucho. Se trata de rock, así sin vueltas ni definiciones rebuscadas o lindas. Las canciones de Infant Sorrow ponen en escena distintas marcas de la decadencia estrellada de un músico de rock (títulos como I am Jesus) con una energía, un (buen) humor y una conciencia total de género que no se veían desde This is Spinal Tap. Seguir leyendo

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Corazones rotos en el camino

Ya sabemos que Dylan reina en todos lados donde sopla el viento, en todo tiempo y lugar, su figura se yergue como un geist implacable, prácticamente no hay época que se le pueda escapar. El caso es que, de a ratos, también pudo romperla en los confusos ochentas. Me acuerdo de ese video. Sweetheart Like You, se llamaba la canción. Yo era chico y miraba eso, con un estremecimiento que no me cabía en el cuerpo. Un tema que parece de amor. Que dice corazón para decir novia. No sabía bien qué era ninguna de las dos cosas, pero lo mismo daba: igual, las palabras cerradas de Dylan, que parece que tuviera branquias en lugar de pulmones, se me hacían incomprensibles; además apenas chapuceaba inglés. Aquel era un tema de esos que rompen corazones, más si uno es medio flojo. O se vuelve así cuando escucha una cosa portentosa como la que nos ocupa. ¿Alguien dijo canciones de amor? Nunca. O tal vez sí, pero de qué extraña manera: al modo de los artistas inmensos, llenos de cosas ininteligibles en sus cabezas. De cosas ambiguas, imposibles de hacer encajar en una definición categórica. Una balada capaz de romperte los huesos, más bien (habría que esperar a que Steve Earle compusiera Hard-Core Troubadour, un amante descorazonado, o sea otro caso patológico, para ver algo parecido). Y que encima está grabada como se usaba entonces, con ese sonido pegado al cuerpo tan ochentas, de cámaras, de baterías un poco sobrehumanas, pero que con Dylan -que siempre les tuvo antipatía a los estudios de grabación, tomen nota –alcanza la estatura de cualquiera de sus canciones registradas en momentos gloriosos del rock (hay que decirlo: los ochentas nunca fueron del todo buenos para nuestra música preferida. Aunque si me apuran, salvo honrosas excepciones, peor nos fue en los noventas. Ampliaremos).

Lo concreto es que en esta oportunidad, en esa canción, Dylan rapea con los dientes apretados, casi con desprecio, una canción de amor que al final resulta más una formidable declaración de guerra. Pero que podría ser mil otras cosas distintas, algunas pavorosas; todas, sin dudas, con un regusto a ponzoña dulce, eso que nos golpea en la mañana cuando vemos que lo que está a nuestro alrededor es una soledad que no se puede describir cabalmente con palabras. Seguir leyendo

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All we need is love

Escribimos. Algunas personas escriben, hacen fintas con figuras fantasmas, esas sombras imperturbables que son sus limitaciones, tiran botellas al mar. Tarde o temprano, en la breve boca del tiempo, se termina por admitirlo, casi con una desesperación que por fin acierta a decir su nombre: la presa es el otro. El motivo principal de todo desvelo. Se trata entonces de buscarlo para convencerlo, acribillarlo allí donde esté para arrastrarlo al propio terreno, retorcerlo con palabras, hacer que nuestras palabras sean las suyas; hacerlo nuestro por las buenas o por las malas (en la economía del deseo el gasto es el mismo). Acá no estamos para hacernos los santos: la cosa es siempre curvar a los que nos rodean en nuestro favor, hace que nuestra música les suene como propia. Si no ¿para qué escribir? Es una pregunta con cierta pertinencia, que uno se debe hacer de tanto en tanto, aunque la respuesta pueda estar teñida de sombras. Aunque se exponga inmediatamente al desprecio o incluso a la irrisión. En el mejor de los casos, a la abulia.

Pasa que a veces, cuando algunas preguntas son formuladas no se obtiene más que silencio. Puede actuarse libremente entonces, elegirse el galope o la marcha blanda, la risa del que juega, el leve abandono del que viaja sin prisa. Respuesta fácil: escribir es el gusto de los que escriben. Pero hay otras cosas. Como escribir para interrogarse, al menos como complemento de lo anterior, eso no es para descartar tampoco. Escribir para perder el rostro. Eso también puede ser: que se escriba para enajenarse, para abismarse. Des-identificarse, entonces. Perderse. Seguir leyendo

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Bon voyage

En estos días en los que todos miran/piensan/recomiendan series, ya encontré una que me dieron ganas de ver. Cosmos es el nombre de la saga de trece documentales en los que Carl Sagan (científico, licenciado en artes y un largo etcétera) se ocupa de la historia de la humanidad (tiempo) y las infinitas distancias de la galaxia (espacio). La mirada de Sagan hace foco sobre procesos complejos y pequeñas historias: se ocupa tanto de las teorías evolutivas (Darwin, pensar a los dinosaurios deviniendo en aves) como de unos cangrejos que parecen samuráis. Pero los momentos más intensos de su épica son aquellos en los que se ocupa de la Vía Láctea. Al inicio del primer episodio, bautizado con el hermoso título A Shores of the Cosmic Ocean, Carl se sienta en una cabina espacial desde la que observa, navegando entre planetas y estrellas, imágenes animadas del espacio. Todo acompañado por música compuesta por Vangelis, unos teclados galácticos que hacen acordar a los que toca Truffaut en Encuentros cercanos del tercer tipo. Ahí lo vemos encandilado por ese viaje, por esas imágenes que aparecen disparadas desde su imaginación, proyectadas desde sus ojos, al tiempo que su voz relata todo con pasión herzogiana. Y también con un didactismo que nos hace caer en la idea que el espacio que habitamos resulta apenas perceptible para nosotros, que somos muy chiquitos en medio de todo eso. Como cuando Sagan explica que “Si el calendario cósmico fuese una cancha de fútbol, la historia de la humanidad ocuparía apenas el tamaño de la palma de mi mano”.

Ese mismo didactismo, amable y lleno de vocación y amor, de Sagan es el que se hace presente cuando Chris Hemsworth toma una lapicera gorda para dibujar una constelación en forma de árbol sobre el cuaderno de Natalie Portman y así explicarle dónde queda la galaxia de la que él proviene. En Thor el Cosmos también tiene una presencia importante: pienso en las escenas de furiosos viajes intergalácticos y en ese final con Thor observando un paisaje infinito de estrellas pensando desde lejos a Natalie Portman, esa científica a la que llegó caído del cielo. Entonces Natalie mira su reloj y sonríe, y enseguida compartimos su optimismo porque ya vimos cómo en la escena en la que lleva en su camioneta al rubio del martillo y casi tienen un accidente, volantazo de por medio, ellos se miran y en lugar de preocuparse prefieren sonreír y seguir adelante. Thor también es una película con buen humor que sabe reírse de sí misma, como cuando dos tipos del FBI ven llegar a los amigos de Thor a la Tierra y uno los anuncia diciendo: “Acá tengo a Xena, Jackie Chan, y Robin Hood”. Seguir leyendo

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La aventura del descubrimiento

Por Casandra Scaroni

Mi Bafici personal se dio un poco a los tumbos este año. Casi sin tiempo para ver películas, llegué tarde a todas las recomendaciones y no vi mucho de lo que se sugería como imperdible.

Por  el mismo caos de rutina en el que estoy ahora me encontré viendo cosas de las que sólo sabía que me había gustado el afiche y que justo la daban en el hueco que tenía libre. Así es como vi A pas de loup, que desde el minuto cero- en que se escucha a una nena pensando sobre los terribles y desalmados que son sus padres millonarios que la obligan a usar cinturón de seguridad y a ir a la mansión que tienen en el campo sin prestarle atención ni preguntarle qué es lo que quiere-, supe que era un pelotazo.

Pero también así descubrí (tarde, ya lo sé) a Jaques Doillon y a su pequeña Ponette.  Ponette es una nena de unos 4 años que  perdió a su mamá. Digo perdió porque si bien todo el mundo le explica (y Ponette entiende todo mejor que nadie) que su mamá se murió, ella se empecina en buscarla para hablarle. Así de triste y desgarradora es la película llamada Ponette, pero también así de hermosa, porque Doillon no deja un segundo la carita redonda de la niña  y nos hace seguirla en todos sus intentos por hablar con su mamá: Seguir leyendo

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