En la sed mortal

Por Paola Simeoni

Cuesta poner en palabras qué es lo bueno que tiene Nacho Vegas. Para ser precisa y, lo admito, también para no pensar demasiado, debería copiarles una lista de temas para que la bajen y escuchen sus canciones atentamente y en silencio. Porque a Vegas no le pidan estribillos pegadizos (a veces se le escapa uno que otro, pero es más una concesión que una regla), ni ritmos para mover la patita, lo suyo es más bien música en función de las palabras y de la historia o escena que está descripta en la canción. Pero no es muy elegante de mi parte largarlos así como así, posibles lectores, con una lista de tarea para el hogar y todavía encima, con requisitos para la escucha. Por eso voy inventar unas excusas que, espero, resulten más o menos convincentes para enfrentar la empresa de conocer al músico asturiano.

Creo que lo que más me gusta de Nacho Vegas es que se inventó un personaje (muy parecido a él, hasta a veces usa su nombre) y que ese personaje habita todas sus canciones. Su discografía desde el primer disco, Actos inexplicables hasta el último de este año, La zona sucia, es la biografía de  su Antoine Doinel heroinómano, quien en sus principios no atinaba más que a mirar una mancha de humedad en el techo y que ahora, más maduro, intenta conciliar sus vicios y desidia con la (im)posibilidad de un romance más o menos adulto.

A lo mejor porque en algún momento estudió Filología Hispana, a Vegas se le quedó pegado el registro oscuro y fatalista de los poetas españoles. La impronta de sus letras es muchas veces una narración cruda y explicita en la que, como en los antiguos romanceros, no faltan historias de muertes (Por culpa de la humedad con su comienzo casi novelesco “Cuando el juez le preguntó por qué tuvo que matar, Mona seria contestó: fue el calor y la humedad”) y amores fallidos(en Cuando te canses de mí: “me decías lo que media entre tú y tu soledad es un trecho que no puedo abarcar”). Esto no sería valioso (para contar cosas horribles están los noticieros y para el desamor, la vida misma)si Nacho Vegas no tuviera la habilidad de correrse de la anécdota y universalizarla para someterla a las palabras y a la idea que quiere transmitir. Por esas cosas inexplicables que tiene la música, Vegas le hace gambeta al peligro de mirarse el ombligo y de horrorizarse de lo que lo rodea, y sus canciones crean un mundo difícil y nada edulcorado, en el que sin embargo increíblemente nos gusta permanecer. Un cancionero que da cuenta de una insatisfacción existencial, pero capaz de crear un personaje, un lenguaje y un universo propio no es poca cosa.

Hay que reconocer que una de las partes más débiles de la discografía del cantor de Gijón es la música. En esto también carga con el karma de la cultura española a la que le cuesta mucho componer en clave de rock. En ese aspecto, los discos son bastantes desparejos, y a veces oscilan entre melodías densas que se limitan a acompañar la voz (también poco virtuosa) de Vegas y las musicalizaciones de cliché para los temas más movidos. Sin embargo, los últimos años tuvieron la buena noticia de la incorporación de Abraham Boba, el tecladista que arregló los dos últimos discos y aportó un colchón sonoro más amable a las cosas poco amables que Nacho tiene para decir.

Desde hace un tiempo le soplan vientos  claros a Vegas. Se juntó con el horrible Enrique Bunbury para grabar El tiempo de las cerezas, un disco que solamente en un cincuenta por ciento está bueno (adivinen quién hizo la parte rescatable), pero que lo acercó un poco a públicos más masivos. Además, anda noviando (bah, creo que a veces sí y a veces no) con la muy pop e impronunciable Christina Rosenvinge y de este romance salió Verano Fatal y una que otra tapa en las revistas del corazón. Son tiempos de un Nacho Vegas más liviano y popular. En La zona sucia sus canciones siguen siendo pesimistas e irónicas, pero ganaron en luminosidad y claridad, requisito indispensable para presentaciones de primera escuchada. Y hasta hay una canción positiva, Reloj sin manecillas, escrita en homenaje a una escritora de la que se puede decir muchas cosas menos optimista: Carson McCullers. También contiene la canción de cuna más cuento de Andersen que escuché: Lo que comen las brujas (“Lo que comen las brujas son leches galletas y a ti”, advierte la letra).

Hace un par de años Nacho Vegas estuvo en Argentina cantando en un Bafici y espantando viejas que habían ido al Centro Asturiano a escuchar temas tradicionales de su terruño y se encontraron con este esperpento que, vaso de whisky en mano aullaba sobre el sexo, la droga y el rock and roll. Ahora parece que, si los astros se alinean, pronto lo vamos a tener de nuevo por acá, buena excusa para escuchar al cantautor de letras negras que la madre patria nos supo legar.

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