All we need is love

Escribimos. Algunas personas escriben, hacen fintas con figuras fantasmas, esas sombras imperturbables que son sus limitaciones, tiran botellas al mar. Tarde o temprano, en la breve boca del tiempo, se termina por admitirlo, casi con una desesperación que por fin acierta a decir su nombre: la presa es el otro. El motivo principal de todo desvelo. Se trata entonces de buscarlo para convencerlo, acribillarlo allí donde esté para arrastrarlo al propio terreno, retorcerlo con palabras, hacer que nuestras palabras sean las suyas; hacerlo nuestro por las buenas o por las malas (en la economía del deseo el gasto es el mismo). Acá no estamos para hacernos los santos: la cosa es siempre curvar a los que nos rodean en nuestro favor, hace que nuestra música les suene como propia. Si no ¿para qué escribir? Es una pregunta con cierta pertinencia, que uno se debe hacer de tanto en tanto, aunque la respuesta pueda estar teñida de sombras. Aunque se exponga inmediatamente al desprecio o incluso a la irrisión. En el mejor de los casos, a la abulia.

Pasa que a veces, cuando algunas preguntas son formuladas no se obtiene más que silencio. Puede actuarse libremente entonces, elegirse el galope o la marcha blanda, la risa del que juega, el leve abandono del que viaja sin prisa. Respuesta fácil: escribir es el gusto de los que escriben. Pero hay otras cosas. Como escribir para interrogarse, al menos como complemento de lo anterior, eso no es para descartar tampoco. Escribir para perder el rostro. Eso también puede ser: que se escriba para enajenarse, para abismarse. Des-identificarse, entonces. Perderse. Hacerse extranjero de uno mismo. Todos modos del regocijo y también de alguna clase de éxtasis, es decir, de sustraerse a la acción del tiempo. Lo más que se pueda.Todo con palabras. Escribir podría no ser, en definitiva, más que un gesto intempestivo. “Inactual”, para decirlo en los términos de un profesor de Basilea llamado Nietzsche.

Pero una voz intempestiva no deja nunca de ser una voz que irrumpe, que no se conforma con estarse quieta, que no puede no intervenir si cree que tiene algo para decir, no importa el modo en el que lo haga, si con torpeza, gracia, necedad o vaya a saber qué. Lo cierto es que quien escribe dice algo: con verdades de naturaleza semejante nos desayunamos todos los días. Cada palabra se constituye en un llamado, cada fonema en un rito. Otra vez: cuando se escribe se habla, se busca al otro (otro: el que no soy yo, una sombra que, no obstante viajar a mi lado, no termina nunca de ser parte de mi). Ocasionalmente, si hay suerte, se encuentra ese otro. Usamos entonces palabras como cuchillos, para traerlo junto a nosotros y ver si, por lo menos durante un rato, se puede mirar desde el mismo lado, abrigados bajo un sol parecido. Escribimos y nos inclinamos hacia aquello que nos mira con indiferencia, casi como en un ruego en el que apenas alcanzamos a disimular la ferocidad. No pedimos respeto ni admiración, Dios nos libre de cosas parecidas. Nuestra aspiración secreta, esa urgencia que se nos cuece en medio del corazón, la silenciamos con un poco de oficio, que da por resultado una cierta altivez, el dejo de una lejanía que se hace pasar por elegancia. En el fondo temblamos. Lo que exigimos es amor.

Publicado originalmente en www.cinemarama.wordpress.com

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