Una lata con un volcán adentro

Se trata de Woodstock. Pero más que nada es sobre un animal parado arriba de un escenario con una remera amarilla: un pedazo pródigo de humanidad a punto de desbordarse al que no en vano apodan The Bear y que toca en Canned Heat, la banda de blues eléctrico cuya imagen se vio multiplicada por el mundo al salir en la película Woodstock. Ya se sabe que Woodstock es esa palabra olvidada y un poco risible. Un concierto multitudinario de rock, una cosa bella y monstruosa, y de paso también una película que una vuelta pasaron por la televisión cuando yo era chico y que se encarga de reflejar, en parte, el carácter anómalo del asunto que obligadamente se designa con el nombre de una localidad del estado de Nueva York. Es fácil reírse de Woodstock, porque la palabra parece ahora evocar una idea más bien arcaica, un talismán de amor custodiado por mentes que se quedaron ancladas en el calor de una juventud a la que largamente se añora: un sueño perdido. Pero resulta que esta vez el cine no miente, el montaje no miente. Hay que ver la poesía breve del principio, ligeramente tristona (o así me parece siempre), cuando esos tipos en cuero están armando bajo el sol una estructura de metal y madera –una criatura efímera –, o la de esos grupos errantes de chicos cuyo andar aparece alumbrado con el dejo de una altanería insobornable, casi seguros en el fondo de que el mundo jamás les pertenecerá del todo; esa ociosa camaradería compartida que se rodea con el halo de un interrogante. ¿Son concientes de que participan de un acontecimiento irrepetible? La respuesta es sí, pero no se trata de un concierto de rock sino de la juventud. La ferocidad les brilla de a ratos en las caras de niños nómades. Esa poesía, entonces, desprendida como un lento rosario de palabras y señas secretas, deja ver los restos de una dignidad que se sostiene, casi insultante, fijada en las imágenes a lo largo del tiempo.

Pero en realidad esto es acerca de Canned Heat, porque lo importante es que uno está viendo esa gran película imperfecta –esa que yo una vez, cuando tendría diez u once años, vi por televisión mientras sentía que estaba formando parte de una secta cuyos integrantes, seguramente desperdigados por todos los rincones de la Argentina, tampoco podían sacar los ojos del televisor –y capaz que no le presta mucha atención a la melodía escapada de una siesta en el campo que acompaña las imágenes señaladas. Es la versión en estudio que los Canned Heat hacen de su tema Goin’ Up The Country : hay un ligero sonido que una flauta exhala como si se estuviera desperezando, mientras la voz del cantante –el otro, el que no es The Bear –contrapuntea en un murmullo de arrogancia despreocupada mientras rumbeamos con ellos hacia un paisaje campestre. La canción es, desde entonces, un inopinado himno pop que adopta la forma de un sentimiento de indolencia iniciática, casi un abracadabra que nos conduce directamente a las delicias de un paisaje soleado y al dulzor espléndido del porro que flota en el aire tornasolado del día.

Los Canned Heat, sin embargo, salen a romperla de verdad cuando en la película el crepúsculo está por caer, cuando bajan las defensas, cuando el hambre y las primeras, felices señales de un cansancio sobrehumano se extienden como una epidemia por el tendal de cuerpos que por momentos hacen de Woodstock un espectáculo surgido de la cabeza de un coreógrafo. Ahí está Bob The Bear Hite con su voz de cavernícola al frente, esta vez sí. El hombre está lleno de blues, es como si golpeara una piedra fantasma con el fin de sacar a la luz los meandros de una melodía que se coció hace miles de años, para después abandonarse sobre ella en estado de trance. Estas son tristezas que echan chispas, enchufadas a un voltaje bestial. Es una tremenda energía concentrada en un puñado de tipos. Un volcán metido en una lata como aquella a la que alude el nombre de la banda. Ese que está ahí cantando escuchó discos de blues a morir, los coleccionó, los estudió, los vendió, los gastó, los robó, los cambió por otros, los buscó como loco en los mercados de pulgas, se sentó enfrente de viejos músicos negros que no querían saber nada con él y los miró a la cara sin desviar la vista. No es un dechado de virtudes técnicas excelsas. Tampoco de chico fue nunca un prodigio, un wunderkind de mirada abatida, peinado a la americana, que sueña despierto que está paseando por un bosque con árboles de los que cuelgan corcheas y semifusas mientras se entrega, resignado y colérico, a repetir escalas sobre el piano bajo la supervisión del Maestro.

Por el contrario, The Bear, igual que su compañero de fórmula Alan Wilson, con el que alterna la voz cantante en el grupo, amó con toda el alma los discos en los que se contaban hechos y sentimientos dolorosos, sucesos humillantes, melancólicos, graciosos o sencillamente terribles, cosas de negros pobres, y ahora canta con gruñidos arrancados con los dientes de las interpretaciones que escuchó de Howlin’ Wolf, de Lightin’ Hopkins, de Memphis Slim: canta debajo de su larga barba espesa con una voz llena de bondad y de furia, como si golpeara con el martillo de los dioses la superficie de algo que no se ve pero se siente en el aire como una presencia de otro mundo. Simplemente, al tipo le tocó un romance desesperado y violento con la música y se abrazó a su suerte para no naufragar, como un Ulises de ciento noventa kilos.

De pronto, hay un momento verdaderamente hermoso en la película, cuando uno del público se sube al escenario y medio que lo abraza a The Bear, como un borracho perdido, y le saca los cigarrillos que tiene en el bolsillo de la remera. Y The Bear, sin largar el micrófono, le pone el brazo sobre el hombro y acerca el oído porque el otro le habla, como cuando prestamos atención porque nos interesa lo que nuestro semejante tiene para decirnos. El tipo del público, entonces, se pone un cigarrillo en la boca y The Bear le da fuego, sin dejar de cantar. Pienso que eso es cariño por el prójimo y por lo que uno hace: cosas semejantes se notan. Eso es lo que hacen los Canned Heat. Pegan, rockean, se funden en el sonido y con el otro. Es como una tormenta invocada por los ruegos silenciosos de los muertos, eso. Aquellos que nos precedieron en el dolor y también en la noche compartida junto a las llamas. No necesité mucho más para saber que esos tipos, de algún modo, eran parte de mi familia secreta. De una vez y para siempre, como si esa única secuencia de la película les bastara, cabalgando en un R&B con ruido a válvulas que parece que rodara por un camino lleno de escombros, Canned Heat, antenas de su tiempo, terminan de consagrarse como una banda de gloriosos amateurs, hundidos hasta el cuello en la verdad y en la convicción de su arte hecho con retazos pegados de tradición y ruptura.

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