Una filosofía de la tristeza

En algún momento Edgar Allan Poe quiso ser escritor. Tenía una cultura libresca incompleta pero suficiente para que su mente se inflamara, se llenara de imágenes terribles. Admiró a Byron, cuya obra estaba en la cresta de la ola, desechando sin embargo su helenismo grandilocuente. Los poemas de Poe participan del Romanticismo a su peculiar manera, a menudo el gesto truculento se impone al trágico y es ahí donde se produce una sombra, una intrusión. El hombre cruzaba los mundos de su infancia en Virginia, en donde vivían sus padres cuando lo adoptaron, que incluía nodrizas negras e historias de aparecidos y espectros, almas que vagan penando en la noche, y unos pocos años que pasó en Inglaterra y que le proporcionaron el conocimiento de los relatos del folklore escocés y la contemplación asombrada de añosos castillos en penumbras. Era una combinación explosiva. Enseguida se consiguió algunos amigos para que le editaran sus poemas. Sin embargo la respuesta de los lectores fue casi nula. Definitivamente desheredado, malvivía con empleos temporarios con los que mantenía a su mujer y a su suegra. Trabajando de a ratos como periodista escribió críticas virulentas, brillantes en su descaro y agudeza, en las que ponía en entredicho a los popes del mundo cultural de la época, y que rápidamente le valieron un contingente de enemigos dispuestos a devolver los golpes en cuanto la oportunidad se presentara.

De pronto dejó casi la poesía por el cuento. Se cuidó, sin embargo, de ejercer una prosa poética. Tenía razones prácticas para el cambio que el mismo explicaba: le parecía que la confección de un poema requería un estado de perfecta lucidez y capacidad intelectual que, dados sus excesos con la bebida y el opio (al que se había hecho afecto), no siempre estaba en condiciones de sostener. El opio, que tomaba en forma de láudano, esto es disuelto en alcohol, podía proporcionarle tanto tema como forma. Según sus propias palabras, la droga prácticamente le dictaba algunos cuentos, le producía pesadillas diurnas, a partir de las cuales podía ponerse a escribir. Su salud empeoraba y su fama se acrecentaba. En tanto su esposa Virginia languidecía, víctima de la tuberculosis, ya postrada hasta el final de sus días.

En su extrañísimo libro The philosophy of composition, Poe fue capaz de desmenuzar hebra por hebra el poema El cuervo como si se tratara de una pieza arquitectónica, un artefacto en cuya invención había intervenido la más pura razón práctica. Después, acaso arrepentido, se deleitaba relatando una escena en la que leía el poema ante una audiencia extasiada mientras no dejaba de pedir consejos sobre la sonoridad y conveniencia de tal o cual verso, que cambiaba según el gusto del público. El caso es que el poema, en el que el protagonista llora la pérdida de su joven esposa, resulta un atisbo del porvenir. Nevermore, dice el recurrido latiguillo. Es una repetición mecánica, ominosa, un martilleo despiadado. Nunca más. Poe parece en posesión de una implacable clarividencia. La poesía nunca sirvió para vivir pero puede predecir el futuro. Virginia se muere exactamente un año después de la publicación del poema.

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