Hang the DJ

A ver, tomemos a Tony Manero y crucémoslo con Romeo Dolorosa, el personaje de Javier Bardem en Perdita Durango. Agreguemos una pizca de algún DJ ultraviolento, quien sepa de alguno puede soplarme, y mucho de actitud chabón made in México. Es complicado definir a un tipo como Silverio. Silverio es un tipo complicado. Ante todo Silverio es un paladín del trash; un muñeco que se baña y se chapotea gustoso en lo más berreta. Silverio muere, se desvive, y se desviste, por ser cool y lo logra a fuerza de performances maratónicas y desquiciadas, como si fuera uno de los Jackass tomando por asalto una cabina de DJ. ¡Bingo! ahí está: Silverio es el Steve-O del tecno punk.

La música, pongámosle así, de este mandril tiene un eco calibrado, y plastificado, en la década del ochenta. Se trata de una voz pasada por vocoder que retumba en paredes empapeladas con los culos de las tapas de los discos de Gapul. Silverio se frota en lo pop; en su universo se disparan gafas de sol con persianas, vinchas de animal print, tangas fucsia y disparos con pistolitas de Family Game. Todo eso en un torbellino que chorrea un flash trasnochado y fiestero en medio de baterías electrónicas, sintetizadores de 8 bits y percusión de cotillón. Música para rebotar y canciones, pongámosle así, con títulos como XXX o Hagámoslo. Pero lo de Silverio no se agota en la música, él es un performer desatado, un punk con mostachos de actor porno que agita su melena estilo cubano mientras baila en zunga sobre su consola. Silverio toma (por asalto) la pista de baile como un territorio explosivo. Su agite se contagia vigoroso, abajo del escenario decenas de tipos se matan a golpes en un pogo demente. No pueden más. Silverio comenzó a conquistar el mundo

Ya que estamos, y porque sí, quiero colar en esta nota a una chica que, como Silverio, también es de México y tampoco hay que perderse. En esa imperdible lista de las 1000 bandas que hay que escuchar antes de envejecer según el suplemento No de Página/12, la definen como “Cumbierititita mexicanititita”. Su nombre es Amandititita y su invento la anarcumbia: un estilo que es dinamita pura. Ella lo canta rapeando, escupiendo sus letras sobre melodías que mezclan el sonido de acordeón característico de la cumbia colombiana con punteos amazónicos importados directamente desde Perú y grupos clásicos como Los Mirlos o Los Destellos. Amandititita canta historias con las que arma un rosario de novios posibles, y no tanto, describiendo personajes como el licenciado de Viernes de quincena o los protagonistas de Mecánico, Metrosexual o Libidinoso, algo similar a lo que ya hizo Javi Punga en su primer disco cantándole tanto a la Chica cheta como a la lengua rolinga de una Nena stone. Pero si de la conexión México-Argentina se trata, existe un link directo, una conexión inmediata que se establece cuando nos enteramos que en su primer disco Amandititita se proclamó La reina de la anarcumbia: título, y ritmo, que enlaza directamente a La gran estafa del tropipunk que hace rato vienen pergeñando las Kumbia Queers. Dios salve a estas reinas, a estas muchachas punk que un día deberían reunirse y tocar juntas. Silverio podría pasar unos temas esa noche, también. Sería una fiesta inolvidable.

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