La rabia

¿Nadie se acuerda de Giovanni Papini? Nadie, bien. Giovanni Papini. Loco, visionario, cerdo: Don Giovanni descansa hace rato en su tumba, hasta el bronce le es esquivo, no digamos la consideración. Más bien olvidado. Solo como una bestia cruel, perdida en el bosque. Enterrado sin gracia ni dolor. Giovanni Papini era escritor, aunque uno de los oficios que ejerció con mayor comodidad fue el de polemista. Nació en Florencia en 1881 y siempre fue escritor, escritor contra todo obstáculo. Escribió como si nadara, dando brazadas feroces contra la corriente, bajo un cielo que mira absorto, azul de pura indiferencia. Papini escribió novelas, cuentos, ensayos, escribió artículos periodísticos, escribió obituarios, todo con las marcas de una pasión salvaje, la determinación de un guerrero. Los objetos sobre los que volcó su esmero y sus desvelos fueron múltiples, conformaron un mosaico en el que su atención podía fijarse con igual interés y no pocas veces con encarnizamiento. Como todo moralista, con frecuencia se veía obligado a levantar la voz. Daban ganas de matarlo. Y así es como en sus ensayos prácticamente se lo oye gritar, se sigue el tronar sin descanso de la sangre en sus venas, se puede oír su furia estremecerse, gritar todavía más, girar como un maremoto. El enemigo más visible de Papini, su presa preferida de siempre, es la burguesía en todas sus manifestaciones, la convención, el tedio programado, la grisura de una existencia que no puede ser plena porque está sojuzgada por la falta de una conciencia propia capaz de hacerle frente a la sensibilidad sin clemencia de la vida moderna.

Cuando se ocupa del libro de Miguel de Unamuno  Vida de Don Quijote y Sancho, mira con los ojos del autor –como si se los arrancara y se los pusiera embrujado en su propia cara -y ve al Quijote como un tonto iluminado, un animalito trastornado tocado por la gracia celeste; un místico desesperado a la misma altura que Ignacio de Loyola o Santa Teresa. Pero resulta que unos meses después, y a raíz de nuevas lecturas, cree descubrir otro Quijote, esta vez taimado, brutalmente lúcido, capaz de haberse hecho el boludo durante quinientos años sin que nadie se diera cuenta.

Con Tolstoi le toca practicar una verdadera maldad, bastante habitual por otro lado, acaso tratando de ganarle un poco de tiempo a los apremios de su trabajo periodístico: escribe una nota necrológica anticipada, cuando el escritor ruso se debatía todavía entre la vida y la muerte. Según todos los testimonios, parece que en sus últimos años Tolstoi había producido un cambio radical en su vida, había intentado despegarse de su pasado, olvidar el cuerpo, hacer de sí mismo un templo en lo que parecía ser un desesperado proceso de ascesis y autopurificación. Y justamente allí es donde Papini se siente fascinado: le obsesiona este hombre que lucha consigo mismo, que hace de su alma un campo de batalla en el que se le van los huesos.

De un modo análogo –de ahí, quizás, el chispazo que pudo entrever en las horas finales de Tolstoi, algo así como la clave de un común resplandor, – Papini era arbitrario y contradictorio al extremo. Hacía un gesto furibundo y después se desdecía. Era moderno y también cavernario. Difundió y tradujo a Whitman, a quien conocía al dedillo. Reivindicó a Dostoyevsky en contra del gusto de la época, para la que sus violentos arrestos eslavos no formaban parte de lo que se consideraba buen gusto. Fue un duro crítico de la Iglesia Católica y después parece que se arrepintió públicamente. Fue recibido por Mussolini en el poder y no se privó por momentos, en un ambiente que lo propiciaba, de practicar un antisemitismo de opereta. Murió en Florencia en 1956. Despedidas hubo en esos días, todavía de una posguerra que ardía en las sienes. Una parte de la derecha lo lloró un poco: flores y palabras apretadas para el maldito que partía, para el eterno impenitente. El impío. Hoy no se sabe qué hay en su tumba, quién se inclina allí a cavilar sobre el abismo negro que tarde o temprano nos toca a todos. A lo mejor nada, ni nadie. Flores muertas. Un olvido con gusto a seco, no se sabe si merecido. Si hay suerte, y voluntad, se encuentra alguno de sus libros en las librerías de viejo.

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