Cine asiático

Inicio. La secuencia de títulos del debut como directora de Asia Argento, o sea: el principio del principio, es una travesía por un encadenamiento de imágenes que es éxtasis puro. Hablo del inicio de Scarlet Diva, de una música electrónica terriblemente adictiva que construye un clima hermético envuelto por el sonido de gemidos cósmicos. Asia posa, sonríe; parece encender todo lo que toca. Se prende fuego. Sonríe y se le achinan los ojos en una invitación al placer de encontrar su mirada recorriendo el camino oscuro de sus hermosas ojeras. En esas escenas ella visita lugares, la rodean; Asia poniendo en escena un estado de acoso permanente. En eso está cuando le preguntan si cree en el amor, si está enamorada. Entonces Asia vuelve a reír, esta vez como nunca.

Amor. Cómo olvidarla. Esa es la sonrisa del diablo. Esta vez es así: El corazón es engañoso, por sobre todas las cosas, segunda película de ficción de Asia detrás de la cámara, es una declaración de amor con sangre en las manos. Nuevamente Asia salta de un lado al otro; dirige pero también actúa; la madre soltera a la que le pone el cuerpo es un monstruo que tiembla de amor: si le sacan a su hijo se muere. Por eso el chico deber ser azotado, humillado, drogado, delatado. Raptado. Vuelto a moler a golpes. El chico que se endurece a base de abandono, de imprecaciones bíblicas y de alaridos de punk rock. El corazón, la película, es un animal del cine con un animal de cine adentro que está dispuesto a todo. Una cosa que da miedo. El personaje de Asia se mueve en medio de la selva: si les muestra la mitad del culo a los policías es por puro instinto, apenas para hacer valer los retazos de un poder provisorio: en el fondo, al final de la noche, las instituciones siempre ganan. Se quedan con todo. La película de Asia es un arrebato de violencia pop, con sus colores chillones, sus desconcertantes ráfagas de humor, sus moteles de mala muerte, sus carreteras perdidas, sus terribles sueños animados, Sonic Youth y mucho más, diseñado para que lo humano se quite la máscara y grite con un dolor cocido desde el principio del mundo. Es un trip malévolo en el que el día y la noche se desdoblan en un amasijo en el que las cosas muestran su verdadera cara. Y no es bonita: Asia, acá, es una bruja con los labios mal pintados y la pollera subida; su desaliño es una declaración de guerra: un desafío; un canto desgarrado para que la soledad se haga escuchar, de una vez y para siempre. Es que el amor te puede hacer pelota. Se trata de una droga dura, un viaje del que capaz que no se vuelve: como bestias salvajes, olvidados, fundidos de tristeza, madre e hijo se tienen por fin a sí mismos: no es un final prometedor. De ninguna manera.

Adiós. Y por si hacía falta alguna más, Boarding Gate es la razón definitiva para aliarse a las filas de adoradores de Asia Argento. La hija de Dario la descose, brilla, pero lo que más enamora en esta película del irregular Olivier Assayas es ese final con ella dejando ir al chino, fundiéndose en un fuera de foco mientras se eleva subida al escalón de una escalera mecánica. Esa escena es, igual que el final de Ghost World, punzante y mágica. Y todo por culpa de “The No. 1 Song In Heaven” de los Sparks, una canción rarísima: una carrera de sintetizadores que aceleran como preludio al falsete metálico de una voz que revolotea sobre sonidos filosos que se clavan en el piso para hacernos mover los pies y bailar sin parar. Ufff. El bombo de la batería se sacude intensamente hasta llegar a una suite instrumental que es una caída por un pozo que desemboca en el mismo punto de partida. Así es la música con la que Asia se va, después de todo, hacia arriba. Asia se marcha mirando de frente al pasado, entregándose a una abducción luminosa que la llevará hacia otro lugar. Su imagen se aleja borrándose, sus ojeras profundas ya no están; el cuerpo volviéndose una sombra a la hora de pasar al otro lado. Desapareciendo suavemente para nunca nunca más volver.

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