Juana la loca

Había una escena que me encantaba: les tocaba lucirse a los personajes interpretados por Gasalla, Parrilla, quizás Juan Acosta. Y al fondo, en un costado del plano, estaba parada ella: Juana, desgarbada y haciendo caras que respondían, solidaria y remotamente, al estrépito que ocupaba el centro de la pantalla del televisor. ¿Quién veía esos gestos excepto yo? Posiblemente ni siquiera los técnicos. ¿Alguien se los marcaba o surgían de su propia cosecha? Había que mirar muy bien. Yo lo hacía, en todo caso. Para mí, sentarse frente al  programa de Gasalla era estar atento (sobre todo) a esos gestos: Juana Molina actuaba especialmente para los más alertas, los irredentos cazadores de detalles como yo. Bueno, es probable que estuviera enamorado. Los interesados en temas de paleontología pueden consultar en youtube si así lo desean.

Pero primero, tal vez, haya que decir esto: Juana Molina es una compositora. Sin embargo, ¿de dónde vienen estas pequeñas músicas, estos prodigios diminutos, estos gestos desprovistos de toda gravedad; de dónde surge, en suma, la naturalidad insultante de sus canciones? Me parece que Juana ha dicho alguna vez que cantaba sus canciones porque no había encontrado quien lo hiciera por ella. Naturalidad: un eco familiar, una sombra apenas entrevista –mirada, digamos, al sesgo. Lo cierto es que estas canciones encontraron en su voz un médium inmejorable, quién sabe qué habría sido de ellas con otro intérprete. Juana compone y canta, entonces. Interpreta, en el sentido en el que esta palabra tiene de desciframiento, de traducción. Las canciones son una cosa y pasan a ser otra. Pasan. Atraviesan el cuerpo –hay un rito de pasaje, una mediación.

De la convicción en el peso de los detalles proviene, acaso, ese aire de intimidad, ese hálito con el que lo doméstico transforma el pudor –lo que es propio, lo que está dentro como una raíz– en altivez. Estas canciones se levantan, miran a la cara, son vergonzosas sólo en la superficie. Juana a veces canta con un hilo de voz, pero es una voz perfecta, un instrumento bello que parece haber sido creado a ese solo fin.A lo que hay que sumarle los acordes obsesivos, la instrumentación espaciada que va produciendo, sin embargo, un efecto como de red, de tejido, una trama cuya visión de conjunto se obtiene al final, como una epifanía. Las repeticiones mandan, las variaciones son mínimas y sorpresivas. Pero, se podría decir con Dylan: nada es revelado, no del todo. Los textos de Juana Molina suelen ser escuetos, despojados. “Por ahí parece haber asomando un cuerpo” canta en No tan cierto. Esta frase tiene algo de inquietante, nos dice que algo está por suceder, pero, qué. Más ejemplos: “Quizás él le dejó un papel / escrito con sangre” dice en Isabel. Y en Sólo su voz: “ La llevan vestida de blanco / en cruz las manos sobre el pecho helado”. Juana agrupa imágenes que parecen escogidas al azar, de un mundo velado, como si sólo se le presentasen al observador a través de la lente de un microscopio: es eso lo que resulta perturbador, no una revelación que nunca se produce sino su posibilidad.

Objetos como de un mundo submarino, entonces. Sombras, cuerpos irreconocibles, danzas de luces, restos de un naufragio. Juana construye los textos con cuidado, minuciosamente, son textos de una simpleza opaca, a veces exasperante. Siempre con lo pequeño en mente, los temas de sus canciones se despliegan y repliegan. Escenas familiares, lo doméstico como un reverso, un polo de claridad que conduce –por contraste- a una realidad oscura, interdicta, cuya emergencia puede producir, de pronto, la emoción. Como cuando canta en Cúrame : “Déjame / que yo me rinda / que te siga que te ruegue / que después te dé la espalda”. Cúrame es lo más parecido a una canción de amor que haya compuesto. Su acercamiento al tema deberá ser, entonces, otra vez, sesgado, distante, como quien no quiere la cosa. Justamente por ello el resultado es conmovedor. Y lo es de un modo extraño, lunar, como si el aire vibrara, trayéndonos unas notas lejanas.

En sus shows en vivo, a veces, se cuelan distintos personajes. No es histrionismo, o sea, el despliegue de la vanidad, el yo que se complace en la mirada del otro. Es otra cosa. Juana intenta afinar una guitarra que se resiste a ser afinada y habla mientras lo hace, finge protestar, protesta en serio. Aparece en escena la máscara, el carácter. Pero el juego es la verdad: una pantalla se llena de grietas, pero el personaje que se deja ver a su través  –Juana Molina como una payasa, la mujer que hace caras, la garganta que se llena de voces– no es menos ella, no podría serlo. Juana Molina es una artista, en fin, y en su arte se superponen planos, la circunspección de sus discos, esa lucidez concentrada, dura como una piedra, y también la risa, el cuerpo que se disloca, la caricatura capaz de convocar “lo gracioso”. Es una sola Juana. Y sus hermanas, que son la misma, ella misma.

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