Soy un pez

D.H. Lawrence es un escritor raro, probablemente no muy bueno. Pasa muchas veces con las lecturas que nos pega un tema, un giro inesperado al pasar, un comentario ajeno que nos hace leer o releer algo que la costumbre o la moda habían vuelto, si no inservible, al menos arcaico hacía rato. W. H. Auden, que lo admiraba a medias, solía decir que en Lawrence se daban juntos la persona y el escritor. Esto parece sencillo pero no lo es tanto. Sin ir más lejos, la influencia más visible de los primeros trabajos de Lawrence, Walt Whitman, había sabido crearse una persona artística que diera la talla de sus pretensiones: se trataba en verdad de una máscara, un traje hecho a medida de sus inclinaciones políticas y morales. Pero Lawrence, pobre, parece que no tenía talento para ello. Era un hombre contra el dualismo: nada de cuerpo y alma sino todo uno, sangre y letra en un mismo amasijo. Su mal genio, del que pueden hallarse testimonios en la correspondencia entre su mujer y la escritora Katherine Mansfield, por ejemplo, se vuelca sin más vueltas en sus poemas. Como en Whitman, la verdad es que hay a veces algo de predicador en él, un tono que apostrofa, una voz que parece estar hablando desde atrás de un púlpito.

Su visión del mundo, sin embargo, difiere bastante del optimismo panteísta propio del barbudo norteamericano. Su generosidad parece excluir al hombre, las relaciones humanas se le antojan una fuente incesante de discordia y de conflicto. En pocas palabras, era un misántropo redomado. Su socialismo dudoso y su publicitado desprecio por la aristocracia podrían deberse a su origen humilde más que a una verdadera convicción política. Su canto a la naturaleza es evidentemente refractario al ser humano, al que expulsa como si fuera una excrecencia, una anomalía implantada en el jardín del Edén: es decir, lo acepta solo considerado como depredador o, en el mejor de los casos, únicamente como observador deslumbrado. Da la sensación de que Lawrence quiere convencernos – y acaso también sí mismo, ya que está – de que si el ser humano se retira a mirar, observa, renuncia a intervenir en el mundo animal y vegetal, tal vez algo se produzca en su interior, una especie de santificación laica, conseguida justamente a expensas de esa humanidad maldita.

Lawrence es ciertamente conocido como narrador. Sus novelas El amante de Lady Chatterly, Mujeres enamoradas, La serpiente emplumada, entre otras, han contribuido a su fama. Contra toda opinión general, Auden lo prefiere ampliamente como poeta y quizá no le falte razón. El libro de poemas Aves, bestias y flores podría ser un ejemplo de los mayores logros de Lawrence como escritor. Piezas como Pez están animadas por una cadencia mántrica, una musicalidad casi hipnótica construida a base de repeticiones, cortes abruptos, golpes como el compás de una respiración: Lawrence se realiza. No trafica tanto con ideas como con palabras, éstas no son un vehículo sino un horizonte: su pez no está personificado, no es una representación, no es más que un pez, un animalito húmedo, escurridizo, significante puro. La obligada dignidad de su criatura es inmanente, todo un hallazgo de Lawrence que se empeña en evitar, en la medida de lo posible, que la naturaleza sea domesticada artísticamente, sea sublimada, convertida en lo que no es: una continuidad de la mirada humana, un mero efecto de la perspectiva. No se sabe si lo consigue del todo, pero el hombre lo intenta.

Los peces están más allá de mí. Así dice una línea del poema. Espiritualmente, Lawrence se sentía identificado con los cristianos primitivos, seguramente en relación a su sectarismo y a su carácter de individuos perseguidos. Lawrence se nos presenta como un hombre que alcanza a intuir eso que se llama Misterio, que avanza a tientas con figura tambaleante, que no encuentra nada y se ve obligado a errar en la noche con el pecho dolorido por la duda. Pero lo mejor de todo es que esa duda se transforma en pan: puro combustible que alienta la marcha. Su desconfianza ante toda autoridad que provenga de la razón le hace rechazar la apropiación de Platón por parte de San Agustín y la de Aristóteles por parte de Santo Tomás: el misterio deberá entonces permanecer inhollado, tendrá que seguir siendo un signo inmóvil, un sendero lleno de malezas por el que solo se puede andar tropezando una y otra vez.

¿Pero qué es ser un pez, ser eso que “está más allá de mí”? Es, por ejemplo, no tener un yo y tener en cambio un alma; es decir, un centro de flujos, un conjunto casi infinito de conexiones. Hacerse, siguiendo a Artaud, de un “cuerpo sin órganos” a través del cual pase la vida, el impulso vital: un relámpago que estalla bajo la carne estremecida. Un cuerpo con umbrales en oposición a un cuerpo reticulado, organizado, sobre el cual se ejerce con más comodidad el juicio y el castigo (puesto que cada órgano puede ser identificado y llenado de culpa); un cuerpo dulcemente emancipado, sin tutela, un dios en sí mismo. Como en estos fragmentos de Pez:

Otros dioses
Fuera de mi alcance… dioses fuera del alcance
De mi Dios

¡Sin amor y tan vívidamente!
Nacido antes de que Dios fuera amor
Antes de que la vida conociese el amor
Hermosamente primigenio

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