Ellos y yo

¿Qué es lo que hace grande a un grupo de rock? Ellos son, Los violadores, el documental de Juan Riggirozzi sobre la banda del mismo nombre, de ningún modo resuelve el misterio. Lo notable es que tampoco se dedica a confirmar de modo demasiado contundente ninguna supuesta grandeza. Apelando a material de archivo, al testimonio de músicos, managers o periodistas afines, y a una estética que remeda la vitalidad del punk en sus orígenes, con su obligada inclusión de carteles mal escritos y planos movidos, el film de Riggirozzi quiere ser más bien un canto de amor, una celebración del espíritu de supervivencia mucho más que el examen crítico de un fenómeno musical.

Nunca vi en vivo a Los violadores. Pero cuando en 1983 salió a la venta su primer disco una fama oscuramente atractiva los precedía. Es que en los años inmediatamente anteriores a esa fecha no era nada raro que los shows del grupo se interrumpieran y todo el mundo terminara en la comisaría más cercana, músicos incluidos. No es que aquellas primeras letras de la banda fueran especialmente preclaras, pero se las arreglaban para evocar un vértigo y una energía particulares que parecían tener su epicentro en las calles de una Argentina cuya democracia que empezaba a estrenarse no sabía, no podía o no quería lidiar del todo con los demonios del miedo que aun pululaban. ¿Quiénes de los que escucharon ese disco (ése: el que traía “Patrulla americana”) pudieron olvidar la fuerza rudimentaria de esas canciones en las que el esencial desencanto adolescente se leía como comentario político y en el que una velada declaración de amor cualquiera parecía un escupitajo, por ejemplo? Yo no, desde luego.

Ellos son, Los violadores, con sus testimoniantes prestigiosos y su tono decididamente conciliatorio no oficia al final como documento sino como panegírico (Hoy recordamos a una banda de rock cuya insigne nobleza nos ilumina… ), como testamento de un tiempo al que, bajo el bálsamo reparador que ofrece la lejanía, tendemos a considerar hermoso. Aunque Los violadores siempre parezcan estar volviendo, la película se asemeja a una fiesta de despedida que viene a certificar el ingreso de la banda de Piltrafa y compañía a la historia del “rock nacional” (esa fórmula odiosa que hoy persiste como involuntaria parodia pero que en aquellos años usábamos todos sin excepción con una liviandad que tendía a pasar por alto su fundamental torpeza). El mote de “primera banda de punk en Latinoamérica” que se escuchaba por entonces tenía algo de programático y no veíamos, debajo de su conmovedor tono proselitista, el astuto afán promocional que lo animaba. Luca Prodan, un aristócrata de nacimiento al que no le era ajena la geografía lúmpen, solía poner en entredicho la autenticidad que el film da por sentada sin la menor señal de pudor (¿Qué punks? ¡Si son unos pelotudos de Villa Devoto! Dictaminó alguna vez). Si la película de Riggirozzi consigue sin embargo tocarnos del algún modo a los que rondamos los cuarenta, quizás sea porque simula con eficacia traernos de vuelta algo del calor de una antigua emoción perdida, una zona irrecuperable del pasado que algunos llaman adolescencia y otros llamamos hogar.

Publicada originalmente, en una versión más breve, en el número correspondiente a diciembre del 2009 de la revista El Amante.

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