Las fantásticas fábulas de Fantasmalandia

Sentado bajo un árbol. Despeinado y descalzo rasgando una guitarra enorme. Un palito en la boca. Así me lo imagino a Gori cada vez que escucho su música.

Gori es un cuenta cuentos, un nene que juega con las canciones y que con melodías dibuja escenarios. El trazo avanza sobre la hoja en blanco, los sonidos son colores. “Allá va, allá va”, nos indica Gori en Los alguaciles, “entra en el ojo del huracán ¿qué le irá a pasar?”. Las canciones de Fantasmagoria son como esos libros con imágenes troqueladas; paisajes figurados que se superponen y emergen formando un relieve rústico que se abre ante nuestros ojos. Crean un ambiente bucólico, un bosque lleno de pasadizos que nos transportan a lugares nuevos.

No llama la atención que el nuevo disco de Fantasmagoria se llame El río. Así como el mambo de Ariel Minimal siempre fue y será el mar (al que evoca y vuelve constantemente) Gori ya nos venía contando, con  coritos chapoteadores, que tuvo una laguna. “Tengo que remar en mi memoria para no hundirme” decía, y ahora El río es también el título de una canción que dice: “Vi que el fondo iba a tocar, y ahí me puse a patalear contra la corriente”. En las letras abundan los relatos en primera persona, descripciones que van y vienen, laberintos existenciales en los que Gori gusta corretear: “Hay piedras en el suelo, hoy vuelvo a tropezar ¿Tendré mal atados los cordones o será esa mi forma de andar?”

La de Gori es una voz eternamente juvenil, limpia y potente. En Fósforos Mojados canta “A veces las cosas me salen mal, sin que me de cuenta”, devaneo que culmina en convicción: “pero nunca dejo de ser yo, y eso sí que es así”. En este disco también aparecen algunas suites, primero a través de un sintetizador que titila en una escalera dirigida hacia un cielo de música disco, y luego con la luz de un sitar escondido por ahí. El palo en la rueda es una oda desganada, una celebración de la pachorra: “No siempre me sale bien, pero es lo que hay”. Taxi irrumpe como una caricatura beat y Medias de nylon sube el volumen, es una canción fisgona que no puede dejar de hacerse la cabeza: “Se acomoda la mini, se me hace agua la boca, y me vuela la tapa de los sesos”.

De repente surgen unos zapatos gigantes que sostienen un cuerpito delgado que se arquea, con gracia, ahora en un escenario. Los movimientos se corresponden perfectamente con el sonido y por eso no se agitan, sino que más bien continúan plácidamente. Gori baila. La música de Fantasmagoria respira colores para soltar un caudal de imágenes que se evapora recién con el final. En El río se cuecen fábulas instantáneas, libres: retazos de ese suspiro que es la fantasía, fragmentos en los que podríamos vivir felices para siempre.

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2 respuestas a Las fantásticas fábulas de Fantasmalandia

  1. Marina dijo:

    Mirá qué casualidad, que yo acabo de reseñar un libro y a la reseña le puse Las fantasías animadas de Francisco Garamona! Bueno, me sonó mucho mucho a las fantásticas fábulas de Fantasmalandia, aunque vos tenés más efes porque fantástica+fábula+Fantasmalandia, mientras que yo, fantasías+Francisco.
    Gori, por otra parte, se pronuncia muy parecido a Gorey.
    Bueno. Eso.

  2. Estela dijo:

    Así me imagino yo Aldo a través del troquel de algunas canciones, sentada bajo un árbol mientras Gori pasa tocando la guitarra, cerca de un río, feliz por siempre. Saludos y salud por el blog!

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