Bon vivant

Estuve leyendo a Martín Caparrós: La patria capicúa, se llama el libro. Es una recopilación de viejas notas, una serie de artículos urgentes escritos durante los años de Menem para Página 12: eran otros tiempos y Página 12 era un diario de oposición. Como sea, la cosa es que ahí escribía el bueno de Martín. Aunque habría que decir que Caparrós no es de ninguna manera un escritor bueno sino un buen escritor. Muy bueno: Caparrós escribe como casi nadie aunque él se llame a sí mismo periodista. Es verdad que le gusta indagar sobre las cosas, ir por ahí, mirar, meter la nariz por todas partes, muchas veces en donde menos bienvenido es. A menudo sus viñetas parecen el relato de una aventura en primera persona. Va por ejemplo a Anillaco, para ver la construcción del poder in situ; alguien se le queda mirando en la calle y él, instintivamente, apura el paso. O si no, asiste en Tailandia a un show de chicas que muestran sus carnes sobre un escenario, que tienen los ojos embalsamados y los gestos robóticos: un espectáculo más bien melancólico al que Caparrós opta por definir de algún modo como subversivo.

Es cierto que no siempre el hombre puede evitar el dictamen sumario o el juicio moral al paso. Y a veces, para mi gusto se vuelve un poco, un poquito, demasiado sentimental. Pero está bien, yo no le pido que sea un pensador asceta sino que piense y escriba libremente. Y eso nunca deja de hacerlo. Pensar, escribir, decir. Tres instancias de un lance no tan liviano en el que no suelen faltar los equívocos, las reconvenciones ni los ojos censores de ocasión, que siempre están al acecho. Como cuando una vuelta presentaba un libro en una coqueta librería de San Isidro y dejó a todo el mundo boquiabierto declarando su escasa simpatía por Castro y por el Che. Parece que una porción importante de la fauna que poblaba el lugar, los progres chetos (combinación menos rara de lo que podría creerse), se lo quería comer crudo.

De pronto, en el libro, Caparrós se describe a sí mismo como un resentido y uno siente que ahí hay como una especie de impostura galante, una finta que el escritor dedica con malevolencia a una franja de sus lectores con el fin de descolocarlos, de tomarlos desprevenidos. Como si dijera: no me agarran tan fácil. Caparrós recorre el primer período presidencial de Menem como un hombre en estado de beligerancia (él sí que resiste el archivo): su prosa siempre elegante, a veces de una ligereza aérea, tantas veces refinada, se ve sacudida cada tanto por risas rabiosas, como si la ironía habitual de la que están teñidas sus palabras ya no confiara en sus propias fuerzas y se viera obligada a dejar en su lugar un desgarro, un grito en carne viva que no siempre le hace honor a la destreza casi proverbial del escritor en el manejo de las frases.

Pero lo mejor de todo es cuando escribe casi como al descuido. Como si las palabras brotaran de una verdadera máquina de escribir, un raro prodigio que parece alimentado por una especie de spleen, de conflagración aristocrática contra el mundo y su esencial fealdad e injusticia (los dos términos se asocian de modo necesario en la ideología del escritor). Caparrós, el autor, entre otros, del irreemplazable La guerra moderna (¿El mejor libro de crónicas jamás escrito? Puede ser) es un bon vivant que escribe. También se puede pelear una guerra mientras se toma un vino y se vigilan los langostinos que se doran en la sartén. En el fondo, su lucha personal, encarnizada y sistemática, acaso se da en el terreno de la estética, con sus múltiples políticas y poéticas permanentemente en pugna.

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