Alucinar en colores

A los problemas de coherencia que padecen ciertos artistas, El robot bajo el agua opone una propia solución de continuidad: su música, tanto en los discos como en vivo, es una unidad atravesada por un hilo conductor que se tensa hasta enhebrar las canciones. La arquitectura de sus melodías asume la forma de un relieve obtenido desde una ventana de tren en un largo viaje suburbano. Es una marcha que mantiene siempre la misma velocidad y no busca la explosión, sino que flota plácidamente sobre los rieles de una meseta  rítmica.

La voz de Nicolás Kramer (el muñeco responsable de todo esto) se pierde extinguiéndose a la distancia, como pidiéndole a sus palabras que lo transporten. En sus shows en vivo gusta contorsionar su cuerpo lánguido mientras parece mirar de reojo la dimensión que se abre ante la invocación de su música. Los sonidos que emite El robot están hechos para ser escuchados con auriculares y bailar en soledad, de manera que cada cual pueda hacerse su propia película. Si The eraser es el resultado de una temporada en la que Thom Yorke encontró, yendo de la cama a la laptop, el color perfecto para retratar un clima hermético y nocturno, El robot, con similares tintes introspectivos y oscuros, dentro de sus discos enfrasca una fórmula para poder ir más allá. En su búsqueda se refugia el anhelo de trascender ese espacio cerrado para viajar bien lejos, a bordo de canciones circulares que se retroalimentan mediante el jugueteo mental: “En esta tarde azul mis pensamientos viajan como nubes, de aquí para allá. De aquí para allá”, canta en Nubes.

A Dolores que percibió la grandeza es el quinto disco de El robot bajo el agua. Su arranque es A puro muñeco; una comparsa giratoria de engranajes multicolor que disparan palabras que se repiten y fragmentan al servicio de un azaroso modelo para armar: “No hay apuro alguno, ni eco/ no hay apuro muñeco/ a puro muñeco”,” ¿Quién controla lo controlado/ si el controlador está descontrolado?”. Este disco está definido por una marcada vocación mutante; cada pista nos deposita en un territorio nuevo, llevándonos hacia habitaciones de diversos tonos y texturas sobre las que barrena el susurro, agudo y rasposo, de la voz de Nicolás Kramer. También se hacen presentes algunos mensajes en primera persona anclados en tiempo presente: “No me creas si me creo una tragedia por quedarme solo. Tu viaje es uno, mi viaje es otro”, tira en Dale que va.

En Dejala, la señal de El Robot transmite un cardumen de coros, unos gemidos tenues que se nos vienen encima, chocando y confundiéndose entre sí como en un pogo de espectros. Estos sonidos nos envuelven con su mambo cíclico para, mientras damos vueltas y vueltas, elevarnos como atraídos por un portal que se abre sobre nuestras cabezas. En A Dolores que percibió la grandeza, entonces, lo que toma forma es un pasadizo que nos invita a delirar y alucinar en colores, mientras ignoramos que esos muñecos que se mencionan somos nosotros y esa base de la que no nos podemos despegar es simplemente la cajita musical que El robot devela, finalmente, como su escondida matriz.

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2 respuestas a Alucinar en colores

  1. caro dijo:

    bueno bueno , dan ganas de ver de que se trata, y ahora..

  2. Aldo M. dijo:

    …y ahora no se quede con las ganas. Me voy a ocupar personalmente de que reciba su copia del disco de El Robot.

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